viernes, 15 de febrero de 2008

Hasta Independencia

Están sentados en el último asiento de a dos.
El lleva un traje azul.
Ella un saco de mangas cortas color crema, se adivina de mala calidad, como se adivinan también sus pechos, jóvenes debajo de una musculosa negra.
Están tomados de la mano. El aparenta 20 años mas que ella. Está excedido de peso y canoso. Ella tiene el pelo largo, rubio, con algunas mechas platinadas. La boca, roja.
El se zambulle en la ventanilla. Piensa una y otra vez en aquella otra mujer de pechos cansados y reproches y comida caliente y en los pibes que rompían tanto las pelotas.
Ella le comenta que hace un montón de años que están arreglando Constitución y que tiene sueño.
El no contesta. Se mira las manos rechonchas ya sin el anillo.
Y se repite justificando que prefiere viajar en el 17 que seguir escuchando las peleas en casa, y que prefiere conocer gente nueva, que al final, sus amigos de pura envidia lo dejaron por irse con "la rubia" del cuarto piso.
Y se repite que vivir en Domínico no está tan mal, mientras se cree dueño de esas tetas, que lo atormentaban cada noche cuando se enfrentaba a esas otras tetas cansadas.
Se dice que no se arrepiente, aunque se arrepienta. Y ella le comenta que en Despacho pusieron una máquina de café.
Se suelta de su mano y bajan en Independencia.
El camina unos pasos atrás. Debajo del saco de manguitas cortas de ella se insinúa un culo memorable.
Entonces, él -una vez más- confirma que perderse cada noche entre esas nalgas lo redime de todos sus pecados.