martes, 17 de abril de 2012

Días de radio

Mamá - que por ese entonces era mamá y no mi vieja- planchaba en la mesa de la cocina a la hora de la siesta. Mamá odiaba planchar. Por eso, mientras repasaba remeras, camisas y calzoncillos escuchaba la radio.
En la mesa de la cocina al costado de la frazada de plancha, estaba la Spica. De la Spica salía la voz del Negro Guerrero Marthineitz que se reía raro. De vez en cuando me llamaba para que escuchara las canciones de Gabilondo Soler. Y yo, en puntas de pie miraba la plancha deslizarse, mágica, al ritmo de la música.
La radio se convirtió en un elemento omnipresente en mi vida, y hoy, me sigue pareciendo como un salvoconducto de la rutina,  que me retira de esos lugares en los que mi cuerpo no quiere estar, hablándome, cantándome suavecito al oído. Y soy yo la que me deslizo mágica, sobre las avenidas, como la plancha de mamá, al ritmo de la música.

1 comentario:

Gustavo Genovese dijo...

Hermosa descripción, de una pasión que no se abandona.