sábado, 27 de abril de 2013

Dulcinea de Tapiales

En un lugar de Tapiales de cuyo nombre no quiero acordarme, vive una mujer que se construye con la mirada de los hombres.
Dulcinea se levanta desdibujada, plana, el pelo ralo, la mirada cansina. Se pone lo primero que encuentra, se toma dos mates y sale a trabajar.
En la esquina se cruza con el diariero y su cabellera se expande sedosa y reluciente.
Unos metros más adelante saluda a su vecino, el del perro negro, y sus ojos se almendran cautivantes.
Los camioneros la convocan a los gritos y el pantalón deportivo es ahora una falda vaporosa que insinúa la continuidad de sus piernas hacia la cintura.
Cuando saca el boleto del bondi, la sonrisa del chofer permite que resplandezcan sus pechos debajo de la blusa. Uno o dos pasajeros completan el paisaje de su cuerpo.
Cuando desciende a la ciudad, destella entre la multitud. Cenicienta devenida princesa, hasta las 20 horas. Cuando regrese a casa.

miércoles, 24 de abril de 2013

La señorita Beatriz


Se sabe que son las ocho de la mañana porque la señorita Beatriz sale de su casa.
Con discreta elegancia, sin estridencias, cierra la puerta del edificio, con llave como corresponde. La señorita Beatriz nunca marcha al trabajo sin desayunar, sin perfumarse lo justo y necesario, sin zapatos de taco, camisa y blazer para disimular esos kilos que no puede bajar.
Siempre sonríe pero no ríe. Se preocupa por la naturaleza, el bienestar de sus prójimo, y la limpieza. Cuando se enoja se pone muy colorada pero no levanta la voz.
Nadie visita a la señorita Beatriz excepto sus padres. Aunque pasó los 40, le siguen recogiendo los sábados y la devuelven los domingos.
No se le conocen amigos a esta señorita tan eficaz, a la que no se le escapa nada.
Sólo se descubre en esa habitación que tapizó con fotos de mujeres de la Belle Epoque, en donde se desata la bata y cierra los ojos abandonada al deseo de sus caricias, mientras solloza a oscuras.

sábado, 13 de abril de 2013

La besadora

Dicen, los que viajan demasiado, que en los colectivos de la Ciudad de Buenos Aires suele verse una muchacha hermosa, ni muy joven ni muy vieja, ni muy alta ni muy baja, ni muy gorda ni muy flaca, que, al solicitar su pasaje con amabilidad, toma con sus manos el rostro del chofer y lo besa en la boca.

Esta muchacha de cabello oscuro, se pierde luego entre el pasaje y no puede identificársela nunca más.

Muchos suponen que se trata de una novia despechada que trata de vengar su amor a un joven taxista que la dejó por una travesti. Otros comentan acerca de  la esposa de un colectivero infiel que tenía en cada parada una novia. Pocos saben que esta muchacha besa a los choferes porque en ese mismo momento siente que los ama, que la llevan a destino sin juzgarla y, ese beso, condensa la esperanza de encontrar el amor en cualquier lado, incluso dentro de un bondi repleto en hora pico.