miércoles, 24 de abril de 2013

La señorita Beatriz


Se sabe que son las ocho de la mañana porque la señorita Beatriz sale de su casa.
Con discreta elegancia, sin estridencias, cierra la puerta del edificio, con llave como corresponde. La señorita Beatriz nunca marcha al trabajo sin desayunar, sin perfumarse lo justo y necesario, sin zapatos de taco, camisa y blazer para disimular esos kilos que no puede bajar.
Siempre sonríe pero no ríe. Se preocupa por la naturaleza, el bienestar de sus prójimo, y la limpieza. Cuando se enoja se pone muy colorada pero no levanta la voz.
Nadie visita a la señorita Beatriz excepto sus padres. Aunque pasó los 40, le siguen recogiendo los sábados y la devuelven los domingos.
No se le conocen amigos a esta señorita tan eficaz, a la que no se le escapa nada.
Sólo se descubre en esa habitación que tapizó con fotos de mujeres de la Belle Epoque, en donde se desata la bata y cierra los ojos abandonada al deseo de sus caricias, mientras solloza a oscuras.

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