viernes, 30 de agosto de 2013

La hija del fletero


- Debo confesarle, Armando que los días de calor me gustan porque puedo andar desnuda  por la casa.
-Así como lo escucha, si. El pelo mojado, la piel húmeda y  los pies un tanto fríos. Preparo el mate, cuelgo la ropa en el balcón y siento el viento tibio como una caricia.
-Me reconozco.  No estoy tan mal ¿verdad? – Paso una emulsión con perfume de violetas que me trae mi madre por cada uno de los rincones de mi cuerpo.  Recorro los intersticios de los dedos,  las rodillas, el rostro, el contorno de la boca, acaricio mis párpados, mi nuca – ahí coloco una gotita de aceite de limón para la buena suerte -,  planteo la turgencia de mis piernas, la curva de mi cintura, la sutil redondez de mi panza.  Después  ¿ vio? A regañadientes me voy poniendo ropa,  la que me dejo preparada del día anterior.
Armando está sentado en un sillón, de espaldas a Isabel , lee una revista de deportes sin levantar mirada.
- Me voy yendo- toma su bastón blanco, se para frente a él. Le acaricia la cara, la toma  entre sus manos y le avisa articulando despaciosamente cada sílaba: “el au-dí-fo-no- es-tá -en-la me-si-ta –del- co-me-dor.”
Isabel se ríe a carcajadas y sale a ganar la calle tanteando  superficies, pisando con cuidado.  Segura de que, detrás de esas gafas oscuras hay una mujer osada, linda, infinita. Segura de  que antes de llegar a la esquina algún galán ofrecerá cruzarla del otro lado de la avenida.
( Pero a los ciegos, no le gustan los sordos...y un corazón no se endurece porque sí...I.S)

1 comentario:

Anónimo dijo...

Es sencillamente fresco y hermoso.