miércoles, 27 de noviembre de 2013

Puentes amarillos

En la Isla Bonita alcanzar la belleza lleva tiempo. Sucede que sólo los más arrugados, mas obesos y calvos son aclamados como poseedores de la hermosura.
Esa es la razón por la que los jóvenes desean crecer rápidamente procurando llevar una vida lo más desordenada posible, comen y beben con todos los excesos, se pasean desnudos anhelando que el sol agriete su piel lo antes posible, nunca limpian sus dientes y tratan de tener una vida sedentaria.
Cuando los isleños cruzan los puentes amarillos y van a las ciudades, se burlan a risa limpia de los cuerpos delgados, los rostros frescos de los adolescentes, la turgencia de las carnes de las bailarinas. Nunca falta el insolente que piropee a una jubilada que espera en la fila de un banco o las atrevidas que rozan a los ancianos que ven pasar la tarde en la vereda de un geriátrico.
Geronte es la mejor palabra para calificar a una persona y ser joven es casi un estado detestable.
De este modo el sentido de la vida cambia, el optimismo rige el paso del tiempo, casi como en esa canción del juglar mágico que canta que “mañana es mejor” y la esperanza redime los achaques.

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