sábado, 14 de diciembre de 2013

Amor merecido

Preparé tu ropa, planchada, perfumada con jugo de lavandas que yo mismo exprimí entre el índice y el pulgar, flor por flor y envasé gota por gota en este frasquito de cristal de Murano.

Puse paños fríos sobre tu frente, escuché las conversaciones con tu madre hasta la madrugada, me corté las uñas, limpié tus pisos con benjuí como decía en tu cuento favorito. Leí cada uno de los informes contables de tu empresa, corregí los números, ordené cada prenda de tus cajones, conseguí los ansiolíticos, las guayabas  y el muñequito de Prince que tanto te gustaba.

Sumé las partes del todo, acabé con tus rivales en la oficina, arremetí contra el vecino que te molesta con sus gritos, martillé la cabeza del fiambrero que te dio mal el vuelto, corté uno a uno los dedos del cajero que te rozó la mano al pasarte las bolsas, le extraje
la lengua sin piedad al  chofer que te preguntó groseramente hasta dónde viajabas, y finalmente, le saqué los ojos a ése, el  que no sacaba la vista de tu escote en el tren.

¿Y todavía no merezco que me ames?